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Asistimos a una banalización de la violencia que sirve de fundamento a la facilidad con que recurrimos a ella para tratar de zanjar las diferencias propias de la vida en sociedad, como si las relaciones violentas fueran el “cemento de la sociedad”. El recurso a la violencia, en particular a la homicida, ha conducido a una desvalorización del sentido de la vida y producido una cierta insensibilidad colectiva ante la pérdida de la misma. Probablemente esto permite entender, al menos parcialmente, la falta de respuesta colectiva a los asesinatos y a las masacres, que han pasado a formar parte de nuestra existencia cotidiana.
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